Catorce entrevistas, barquillos navideños, y un tipo de dieciséis años que lo clava.
Empecé a hacer voluntariado por accidente, lo cual dice bastante de mi capacidad de planificación vital. Una amiga —fundadora y directora de Eqmon, una ONG dedicada a formar a personas vulnerables, sobre todo mujeres— me pidió, apurada, si podía cubrir la baja de la cocinera que dirigía el taller de cocina. Ella llevaba quince años dedicados como voluntaria dirigiendo una entidad dedicada a acompañar a personas vulnerables por el simple sentido de cumplir un propósito; y yo llevaba quince minutos dudando si aceptar…
Era octubre de 2021. Nunca he sido cocinero profesional, pero cocinar es una de mis pasiones, y en ese momento de mi vida podía disponer de una mañana a la semana. Acepté de buen grado, convencido de que hacía un favor menor a una buena amiga y, de paso, algo bueno por los demás. No sospechaba el impacto que eso tendría en mí.
Lo que aprendí en los talleres
Los talleres cubrían tres áreas: limpieza profesional, costura y cocina, que fue la mía. La idea era simple y eficaz: dar en un trimestre una capacitación rápida que permitiera acceder, con algún conocimiento y alguna credencial, a trabajos de ayuda doméstica.
Pero, más allá de lo explícito, aquello era un espacio seguro, de buen clima y acompañamiento para personas con vidas duras. Aprender a cocinar —y a degustar— platos de la cocina tradicional española, con énfasis en la catalana por ser la de sus futuros empleadores, tenía una fuerza integradora que me atrevo a decir superaba a muchas políticas de integración al uso.
Durante casi tres años conocí de primera mano una realidad que nunca había rozado: la vida de los inmigrantes en mi propia ciudad. El nombre Eqmon aludía al "quart món" en catalán, el cuarto mundo: personas de países desfavorecidos viviendo en el primer mundo. Una realidad compleja, llena de contradicciones y sufrimiento, y una de las experiencias humanas más valiosas de mi vida.
Al final de una clase, una alumna me dijo una frase que yo ya había oído años atrás, de boca de una limpiadora en unas oficinas donde yo trabajaba: "gracias, porque este sitio es en el que mejor me han tratado en toda mi vida." En ambos casos yo no había hecho nada especial, más allá de tratar a alguien con la normalidad que cualquiera merece. De ahí mi primera idea:
#No somos conscientes del impacto que pueden tener las pequeñas cosas en los demás, porque ese impacto no depende de lo que aportemos ni del esfuerzo que hagamos, sino de la situación de quien lo recibe. Para bien y para mal.
A finales de 2023, Eqmon tuvo que cerrar por falta de financiación —nos fallaron administraciones y entidades amigas en las que confiábamos, pero esa es otra historia para otro día.
El vacío, y una palabra prohibida
Lo que vino después fue una sensación de vacío tan intensa como inesperada. Descubrí que una parte de mi vida ordinaria necesita, quizá para siempre, estar dedicada a los demás. En el mundo de la acción social la palabra "ayudar" está mal vista, porque presupone que uno se coloca por encima de los demás. No estoy del todo convencido del argumento, pero he dejado de usarla: prefiero "acompañar" o "cooperar", según el caso. Segunda idea:
#Cualquier persona adulta, razonablemente sensible, con algunos valores morales elementales, y que ha tenido el privilegio de nacer en un entorno favorable frente a la inmensa mayoría desfavorecida del mundo, siente la necesidad de dar a los demás algo de su tiempo, que es lo más valioso que tenemos.
Catorce entrevistas y un baño de humildad
Como echaba de menos el voluntariado, me puse a buscar como sé hacerlo de modo profesional: búsqueda, clasificación, criba, lista de objetivos, contacto, entrevista, decisión. Me entrevisté con catorce entidades. El proceso fue completamente infructuoso, francamente frustrante y muy aleccionador —tuve que ejercitar una paciencia que, lo confieso, no es precisamente mi virtud más destacada, y, lo más difícil, ahondar sobre mi mismo.
Hubo plantones, pequeñas humillaciones, atención educada sin ningún efecto práctico, y algún momento genuinamente surrealista. Van dos anécdotas.
En una entidad conocida y potente, después de exponer con cierto orgullo mi trayectoria profesional y como voluntario, la directora me sugirió que podía ser muy útil embolsando neules (barquillos) para la campaña de Navidad. Tras la perplejidad y cierta irritación inicial, me asaltó un oportuno pensamiento de humildad: "pero tú, ¿quién te has creído que eres?"
La segunda fue todavía mejor. En una sesión introductoria para voluntariado de mentoría de inmigrantes recién llegados, admití en el turno de preguntas que no me sentía capaz de afrontar emocionalmente circunstancias tan duras, me superaba. La persona que dirigía la sesión respondió, sin matices: "dice mucho de ti, estereotipo del patriarcado, que tengas el valor de reconocer una debilidad en público; eso te hace mejor candidato a pesar de tu origen." Me despedí con toda la educación del mundo…para no volver jamás. Pero aquello me dio bastante que pensar.
Si sigues leyendo, es que el asunto te interesa de verdad. Gracias.
Los resultados de las catorce conversaciones se repartieron, a grandes rasgos, en tres grupos. Uno: entidades interesadas de inmediato... en que les consiguiera financiación y alianzas con grandes empresas. Dos: entidades sin ningún interés, con todas sus necesidades cubiertas —una parte nada desdeñable gestionada por profesionales que ven al voluntario con capacidades similares a las suyas como una amenaza para su puesto de trabajo, más que como un recurso. Tres: entidades donde, por desorganización o por un entorno ideológico muy marcado, yo no me veía ni cómodo ni útil.
Hay también una experiencia de un solo trimestre que prefiero no omitir. En otra entidad de integración de migrantes, también de considerable envergadura, colaboré como ayudante en el taller de cocina, dirigido por un cocinero profesional contratado que dejó bastante claro que no me quería allí. La entidad era seria y bienintencionada, pero al menos la gestión del voluntariado estaba completamente abandonada por la dirección, y el cocinero jefe no me lo puso fácil. Terminé el trimestre al que me había comprometido y seguí buscando. De ahí una idea obvia que, con frecuencia, se ignora —por el voluntario, por la entidad, o por ambos:
#Es imprescindible el encaje del voluntario con la entidad y con la tarea encomendada. Si hay que forzarlo, siempre sale mal.
Por fin, inesperadamente encontré mi lugar: la familia teresiana
Al margen de mi ridículamente concienzuda y estéril búsqueda, apareció algo inesperado. Un amigo notario me invitó a un acto en el Colegio de Abogados de Barcelona donde se presentaba una entidad dedicada a acompañar a jóvenes ex tutelados que, al día siguiente de cumplir la mayoría de edad, quedan literalmente en la calle. Era la Fundación Llar Enric d’Ossó, que forma parte de la Misión Social Teresiana de Barcelona (mstB). Me impresionó, desde el primer minuto, la calidad, la profesionalidad y la humanidad genuina que se desprendía de las historias y de las personas que hablaban, en particular de la directora, una teresiana.
A los pocos días volví a contactar con mi amigo para preguntar si había algún hueco para mí. Mi amigo me llevó a visitar un centro educativo con muchísima historia en Bellvitge que se llama Esclat. Me recibieron el director y la teresiana que había conocido en el acto del colegio de abogados. Me quedé prendado de lo que vi y escuché…por fin encontré el lugar, rompiendo de paso unos cuantos estereotipos más. Nunca me había pasado por la cabeza que podría estar tan a gusto en un entorno como ese. Los valores de la propuesta educativa teresiana son universales, no pueden dejarte indiferente. Me sentí muy a gusto desde el principio. Toda la misión social teresiana (mstB) rezuma compromiso con acoger y acompañar a todo el mundo y en particular a los más vulnerables. La humildad individual y colectiva está en el ADN teresiano. Como dice otra voluntaria amiga mía “estas chicas (por las teresianas) te hacen sentir bien”.
Hoy dedico, de forma fija, una mañana a la semana a las entidades que forman la mstB, más algunas horas adicionales según van surgiendo los temas. Una de mis tareas es ser profesor ayudante en el taller de cocina de la Unidad de Educación Compartida, un programa para adolescentes vulnerables, expulsados de sus institutos, que completan tercero y cuarto de la ESO en un entorno adaptado. Suena bonito y es, en efecto lo es, y también duro. La verdad es que, entre los fogones y los guisos, recibo mucho más de lo que doy. No tengo hijos, así que el mundo adolescente —y este perfil en concreto— me queda especialmente lejano. Por alguna razón que no acabo de entender, tengo buena relación con los alumnos, y ellos conmigo. Es enormemente gratificante, aunque sospecho que aporto bastante poco frente a la inmensa labor de los profesionales de la educación de la entidad.
En realidad, ese taller es mi premio, mi sueldo emocional, la conexión con el propósito que la entidad me regala a cambio de colaborar en otras cuestiones —que me apetecen menos, pero en las que soy más útil por mi perfil y mi experiencia: gestión, transformación de organizaciones, comunicación, obtención de recursos. Es decir, a lo que me he dedicado profesionalmente durante décadas.
De ahí la última idea:
#No se trata de hacer lo que te apetece, sino lo que las entidades —y, por extensión, la sociedad— necesitan. Pero hay que conseguir que te apetezca, porque si no, no sale bien.
Hasta aquí mi experiencia. Ahora, unas notas por si son útiles a quien se plantee empezar en esto.
#Depura tus intenciones. No se hace voluntariado para resolver problemas personales, ni para ocupar bondadosamente un rato libre; ni para alimentar el ego solidario, que surge. Hay que conectar de verdad con el propósito de la entidad, con sus necesidades reales, y estar a la altura de la seriedad de la tarea encomendada.
#Ve con la vida en orden. No se hace voluntariado para superar una ruptura o un duelo —para eso, mejor unas etapas del Camino de Santiago. El voluntariado exige tiempo, pero sobre todo equilibrio emocional y madurez. No hace falta ser un héroe con capa, pero sí tener resueltas las grandes cuestiones —economía, trabajo, familia, salud—, porque de lo contrario se da más trabajo del que se aporta. Y creedme: el voluntario que enreda más de lo que ayuda, y al que nadie se atreve a mandar a paseo por pura piedad, no es tan raro como parece.
#Asegura el encaje. Hay que sentirse cómodo con la entidad, con su propósito y con las tareas asignadas. Solo en Barcelona hay más de tres mil entidades de acción social registradas; sería raro no encontrar alguna afín. Mejor no forzar la entrada en una organización católica, en una ONG feminista extrema, o en una radicalmente ecologista u otra con una afinidad política declarada si uno no se siente plenamente a gusto ahí. Todas aportan, desde ángulos distintos, y seguro que todas son necesarias, pero cada uno a lo suyo.
#Practica la humildad de verdad. En la cooperación social, la humildad no es solo una virtud deseable: es un requisito práctico, casi de supervivencia, sobre todo para quien —como yo— llega de un mundo profesional completamente distinto. Hay que evitar, a toda costa, juzgar, proponer soluciones inmediatas, aconsejar o innovar antes de entender de verdad dónde se está, y eso lleva meses, sino años. Mirar, escuchar, pensar, acompañar, y ser amable. Lo digo, cómo no, desde la autoridad que me confiere la experiencia de haberla pifiado bastantes veces haciendo justo lo contrario.
Cerrando con una lección de un chaval de dieciséis años
El curso pasado, al terminar una clase de cocina, se me acercó un alumno, dieciséis años, cara muy seria, un tipo de pocas palabras y normalmente arisco con todo el mundo…
“—¿Tú cobras por esto que haces con nosotros? —No, le contesté, soy voluntario. —¿En serio? No te entiendo, tío... pero molas.”
No sé qué departamento de comunicación institucional lograría con tanto atino lo que él resumió sin proponérselo: que la lógica del voluntariado no siempre se explica, y que a veces no hace ninguna falta que se explique. Por lo demás, después de casi cinco años, catorce entrevistas fallidas, un episodio con barquillos navideños y una acusación de estereotipo patriarcal, "molas" es, con diferencia, una de las mejores evaluaciones de desempeño más generosas que he recibido en toda mi carrera.
Hay tantas maneras de conectar con alguien como personas hay al otro lado. A veces es una frase que te cambia la manera de mirar el mundo. A veces son quince palabras de un chaval que no entiende del todo lo que haces, pero te lo dice igual. A veces solo es cuestión de escuchar…
Domènec Crosas, voluntario
Barcelona, julio 2026


