Celebrar a san Enrique de Ossó en Vinebre, en este año jubilar de los 150 años de la Compañía de Santa Teresa, ha sido volver a las raíces, beber de la fuente y dejar que el corazón se nos ensanche de gratitud.
La Eucaristía, compartida con las hermanas de Barcelona y Tortosa, con gente querida, rostros conocidos del pueblo y amigos que forman parte de nuestra historia, fue mucho más que un acto litúrgico: fue familia reunida, fe compartida, memoria viva de un sueño que sigue dando fruto. En cada gesto, en cada palabra, resonaba el “todo por Jesús” que marcó la vida de Enrique y sigue alentando la nuestra.
La bendición de los animales, tan sencilla y tan entrañable, nos recordó que la creación entera es regalo y responsabilidad, y que la espiritualidad teresiana se vive también en lo cotidiano, en lo cercano, en lo que parece pequeño pero habla de un Dios que cuida y acompaña.
El detalle del dulce y el vino, compartidos y mas tarde el aperitivo en una clase del colegio, fue signo de alegría sencilla, de hospitalidad sincera, de ese sabor de pueblo que tanto dice de Vinebre y de la familia de Enrique. Igual que la apertura del colegio, que nos permitió recordar en espacios cargados de historia. La comida compartida: teresianas, sacerdotes y familiares de las familias Ossó y Cervello, fue el broche calido: mesa comun, risas y conversación. Terminó la fiesta con la proyección de la película "Quiero ser maestro" que tantos recuerdos avivó en la gente del pueblo recordando el rodaje de la misma. Fue una fiesta de agradecimiento profundo por lo que hemos recibido y por lo que seguimos cuidando juntos.
En Vinebre no solo hemos celebrado una fecha; hemos reavivado un legado. Hemos sentido que la Compañía sigue viva, que el carisma sigue latiendo, que san Enrique continúa invitándonos a amar, educar y servir.
Volvemos a casa con el corazón lleno, agradecidas por estos 150 años, y comprometidas a seguir siendo, como él soñó, presencia de Jesús en medio del mundo.
Merche Mañeru, stj










