Hna. Pepa Monserrat. 28 de marzo de 2020 (Barcelona-Ganduxer)

Todo se pasa. Solo Dios basta. Estas palabras expresan como queremos vivir las Hermanas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Éste fue toda la vida el deseo de nuestra Hermana Josefa Monserrat Mesanza  –Pepa, para todas la que conocíamos–

El 28 de marzo de 2020, aniversario del nacimiento de la Santa y recién estrenados los 72 años, entró para siempre en la casa del Padre. En apenas 10 días, sin esperarlo, sin tiempo para hacernos a la idea, casi sin darnos cuenta de lo que sucedía en medio de esta pandemia que ha tocado a nuestro mundo, hemos tenido que despedirla, de una manera distinta a cuanto hubiéramos podido imaginar.

Pepa nació en Zaragoza el 22 de marzo de 1948, en una familia numerosa, en la que los valores humanos abundaban y se nutría la fe. El 14 de octubre de 1967 –a los 19 años– entró en la Compañía, en la que entregará a Jesús 53 de vida en fidelidad y compromiso.

Mujer en camino, siempre abriendo pasos y manteniendo la ruta con ritmo. Tortosa, Roma, Montpellier, Tarragona, Zona Franca y Ganduxer, las comunidades y obras donde desarrolló su misión, fueron para ella lugares de vida y encuentro. Especialmente, su muy querido Colegio de Ganduxer, en el que entregó la mayor parte de su vida –33 años- en tres etapas distintas. Esta casa es testigo elocuente de su apasionada y apostólica entrega, de que haciendo suyo el todo por Jesús lo dio todo para crear familia, construir y extender el Reino.

Enamorada de Jesús, vivía con Él la vida, en la vida le encontraba y en cada persona le reconocía. De corazón magnánimo, recia y fuerte, apasionada y entregada sin condiciones; austera y generosa; leal. Nada de la Compañía le fue nunca indiferente.

Educadora por vocación. Profesora, catequista, asesora del MTA, coordinadora… En todo ámbito o proyecto en el que entraba, algo nuevo aparecía y, con su sociabilidad, contagiaba a otros para que se implicaran. Inquieta, dinámica, todo momento era  para ella oportunidad de relación, de diálogo, de acogida e invitación.

Luchó siempre por hacer de Ganduxer casa de todos y para todos. Creía en la dignidad de cada persona y pasaba por encima de lo negativo y de los errores, para seguir ofreciendo oportunidades. La puerta de su despacho, siempre abierta, acogía a todo el que pasaba. Lo mismo te animaba, te consolaba o felicitaba, que te daba un tirón de orejas… Nadie salía de allí igual ni indiferente.

Profesora de francés, apostó por los idiomas como expresión de un corazón y una mente abierta al mundo y no cerrados en el propio entorno. Gozaba con los intercambios de los alumnos a París. La guitarra la acompañó siempre y fue para ella instrumento apostólico con los jóvenes y con las Hermanas. A todos arrastraba con su entusiasmo, con sus cantos, el baile y la guitarra.

Nada la frenaba e igual se embarcaba en una obra, asumiendo los riesgos que comportaba, que dedicaba su tiempo al cuidado cotidiano de las plantas y los detalles del “cada día”. Desde las cosas cotidianas contagiaba alegría, vida y entusiasmo a las que hemos tenido el gozo de vivir con ella.

Como delegada de FundEO en Cataluña, trabajó incansablemente por los más desfavorecidos buscando cómo llevar adelante, año tras año, los proyectos e implicando a todos cuantos conocía. Daba su tiempo y sus dones a los grupos de MTA con los que durante años hizo etapas del camino ignaciano, buscando en cada paso sacar lo mejor de cada uno. Recordar hoy su vida, es oportunidad para cada una de nosotras –la hayamos conocido o no– de dar gracias a Dios por haber caminado juntas, “en Compañía”.

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