Bernarda Sevillano García. 19 de julio de 2022 (Salamanca Residencia)

“Mi boca cantará tu salvación, Señor” (Salmo 70)

 Nació hace 96 años en Majuges, un pequeño pueblecito de la provincia de Salamanca, en el seno de una sencilla familia de agricultores, donde aprendió desde pequeña a rezar y confiar en Dios y a colaborar en las tareas domésticas.

Ingresó en el noviciado con 18 años recién cumplidos y después de pasar su primer año de profesa en Ganduxer, en 1947 fue enviada a Cuba, donde permaneció 11 años entre las casas de Santa Clara y Cienfuegos. En el año 1958 pasó a Nicaragua, en las comunidades de Granada y Managua hasta su regreso a España en el año 1965, al colegio de Salamanca. Las comunidades de Huelva, Sevilla, Oviedo, Dueñas, Madrid Puebla, Ciudad Rodrigo y finalmente, en el año 2002 en esta su Comunidad Teresiana de Salamanca, sabemos de su vida entregada en diferentes oficios y ocupaciones, realizadas con discreción y esmero.

Tenía una habilidad especial para “salirse con la suya” y conseguir lo que quería. En la comunidad guardamos múltiples anécdotas de dentro y fuera de casa. Una de sus “amiga de correrías” por la ciudad, a la vez que sentía quedarse sin “su inseparable Bernarda”, el día de su funeral confesaba que de vez en cuando habían hecho “alguna pillería”. Nos hizo sonreír su confesión…

Hasta el mes de abril que tuvieron que operarla de cadera, debido a una caída, de la que ya no se recuperó y fue deteriorándose progresivamente, hacía vida normal y era totalmente autónoma, ocupándose de algunos quehaceres de la casa. Disfrutaba con sus amistades y conocidos.

Su confianza en el Señor era grande.  Gran amante de la Virgen de Lourdes, y de Nuestro Padre, al que siempre procuraba tenerle flores en las imágenes que ponía. Y sobre todo de San José. Cada noche se despedía de la imagen del pasillo al lado de su habitación y tempranito le daba los buenos días, a veces “quejándose a él” porque no mandaba vocaciones o no le concedía lo que le pedía.

Aunque era de pocas palabras, observaba y se daba cuenta de las necesidades que surgían y procuraba suplir en todo lo que podía. Generosa y buena hermana con todas. Los últimos meses sufría por no poder comunicar lo que quería decir y veíamos cómo se deterioraba física y mentalmente día a día y en pocos meses, el Señor fue despojándola de todo para llevarla junto a Él con “el corazón lleno de nombres y de generosa entrega”.

Ya descansa junto al Padre y con el salmo de la Eucaristía del día 19 en que falleció, le pedimos “le muestre su misericordia”.

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