«¿Acaso soy yo, Señor?» (Mt 26,25)

Hace unos días en Semana Santa, escuchábamos esta pregunta, en el Evangelio que narra la cena de pascua de Jesús. Y en la escucha del Evangelio la pregunta se nos hace nuestra, personal, y queda como eco y busca respuestas desde dentro. Aquella pregunta era en realidad una respuesta y la confirmación de un hecho: Judas iba a entregar a Jesús.

La escuché dentro cuando oía repetidamente que de esta pandemia no saldremos iguales, que cambiaremos después de tanto aprendizaje dentro de casa, que no volveremos a ser los mismos después de esta experiencia de confinamiento… Y caía en la cuenta de que algunos ya han empezado a ejercitarse en ese cambio sin esperar a después ¡Cuánta creatividad solidaria para salir al paso de necesidades y ofrecer lo que creen que puede ayudar a los demás!

Los que fabricaban coches hacen respiradores, los que se dedicaban a cortar pinos donan sus viseras protectoras a los sanitarios y otros las hacen en impresoras 3D, los que tenían casas de moda se unen para hacer mascarillas, quienes se han dado cuenta de que los transportistas no encuentran ahora centros de restauración en el camino ofrecen su furgoneta abierta con productos de alimentación gratis, los que tenían restaurantes hacen comidas caseras para el personal de los hospitales, y otros les ofrecen hoteles para descansar… y tantas otras iniciativas de voluntariado para escuchar, escribir cartas a personas que están solas, hacer la compra o llevar comida a quienes no pueden salir o no tienen con qué comprar…

Y volvía a mí para preguntarme dentro y preguntarle a Dios si yo sería de esas personas que van a cambiar cuando todo esto termine, y van a ser distintas porque habrán aprendido a pensar en los demás, a hacer algo por quienes pasan necesidad, a salir de mí y dar mi tiempo a otros, los de al lado o los de lejos, a no correr los días y las horas por llegar a lo acordado en un papel… ¿sería yo de los que cambiarían después de esto?… ¿acaso soy yo, Señor?

¿Cómo ayudarnos a responder en lo concreto sin esperar a que termine el confinamiento, y “entrenarnos” ya en otro modo menos acomodado y egocéntrico, más sereno y atento a las palabras de la vida y del Evangelio, menos exigente y más centrado en lo que verdaderamente importa, que salga más de sí y comparta, que dé señales de que va entrando ya en ese cambio?

A Judas le respondió Jesús con un gesto: mojar el pan en el mismo plato. Estaban sentados a la misma mesa y habían compartido caminos y amistad, palabras, preguntas y pan… Jesús se había desvivido hasta que creció demasiado en Judas la duda, la cerrazón y el miedo en soledad. Nosotros, en casa todavía, compartiendo tantos ratos de convivencia y trabajo, andamos aprendiendo hoy a vivir este futuro y deseado camino de humanización y colaboración, de mayor comunicación, de dignidad y cuidado personal y mutuo… eso que experimentamos nos importa tanto.

Ojalá vayan naciendo, en casa y fuera, los gestos que harán que nos contemos entre esos tres de cada cuatro que dicen en metroscopia, que esto va a ser distinto a partir de ahora. Porque para ese cambio, decía Eduardo Galeano, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. Así que… ¡ánimo con los gestos y señales para sembrar el futuro que es ahora! En teresiano sería aquello que decía nuestra maestra de vida, Teresa, ante las noticias de los daños del mundo: determiné hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar... ¿Y yo? ¿y nosotras/os?

Isabel del Valle, stj

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