Vivir resucitados

Es vivir a la manera de Jesús

Vivir resucitados es creer en la Vida que vence a la muerte, es creer que la alegría es más fuerte que la tristeza, porque la Pascua es Esperanza, es Vida que resurge de nuevo… Vivir resucitados es creer que el Amor habla más alto que las palabras de la maldad y del individualismo, porque la Pascua es pasar del egoísmo al servicio fraterno. Vivir resucitados es luchar por un mundo más solidario, es dejar que Dios entre en nuestra vida, es acoger Su Palabra, porque la Pascua es atravesar el desierto de la soledad hacia la Fe. Vivir resucitados es ser capaces de cambiar, de abrir el corazón al Amor y al perdón, a pesar de los «Césares y los Pilatos» que a veces nos atormentan, porque la Pascua es creer, es Confianza. Vivir resucitados es este esfuerzo constante que hacemos para salir de la pasividad y aportar nuestro granito de arena para que el hombre avance, abriendo los ojos como los discípulos de Emaús a una esperanza siempre nueva y renovada.

En Pascua cantamos Aleluya, la alabanza al Amor Mayor, que «aparta la piedra» del sepulcro de nuestro miedo, de nuestras tristezas, y nos hace salir de la «tumba» de la pasividad y partir, «en misión», para anunciar con las palabras y, sobre todo, con la propia vida, la Resurrección, aunque esto implique acudir en ayuda de los «gritos» de los más débiles, de los pobres y excluidos de nuestras calles, y dejarnos interpelar por la realidad a la luz de la Palabra de Dios. Galilea, donde Jesús Resucitado se manifestó a los discípulos, es ahora nuestra realidad, el entorno en el que nos encontramos.

No basta con que creamos que Jesús resucitó, con que anunciemos «su Resurrección» en cada Eucaristía. Es un lugar común decir que Cristo es presencia resucitada en la Iglesia, en la Palabra, en la Eucaristía, en los sacramentos en general, pero no siempre damos testimonio de esa Presencia resucitada en nosotros, en nuestros gestos, al ayudar a «apostar las piedras» de los sepulcros de los miedos, del egoísmo, del individualismo, y demostrar con la vida que el Cristo en quien creemos es un Cristo encarnado, que se hace uno con los pequeños y se deja conmover ante el sufrimiento, que revela la misericordia de Dios y hace nacer la esperanza y la alegría en quienes se han perdido en las «noches del mundo» y, como los discípulos de Emaús, necesitan que alguien se siente a la mesa con ellos, comparta el pan con ellos y dé nueva luz a sus vidas.

Vivamos resucitados en el esfuerzo por educar, evangelizar, humanizar y, sobre todo, dar a todo esto aquella plenitud que Cristo dio a su Iglesia viva, hecha de amor, de comunidad, de esperanza y de perennidad.

No vivamos de cualquier manera.

Vivamos resucitados.

Fátima Magalhães stj